jueves, 18 de marzo de 2010

CSI: Juárez (Episodio I), de El Economista, para reirse un rato

CSI: Juárez (Episodio I)
18 Marzo, 2010 - 01:36

CREDITO:
Manuel Ajenjo

El lamentable asesinato de tres ciudadanos estadounidenses en Ciudad Juárez indignó al presidente Obama, quien afirmó que su gobierno trabajará con México para atrapar a los asesinos.

El avión del gobierno de Estados Unidos, que transporta a seis expertos detectives científicos que vienen a coadyuvar con la policía mexicana en el esclarecimiento del triple homicidio del sábado pasado ocurrido en esta ciudad, aterriza en el aeropuerto de Ciudad Juárez.

Mientras la aeronave llega a plataforma para que los pasajeros desciendan, el comandante Rolando Calilla y el agente Chuby Chanchomón, que fueron elegidos como avanzada -se avanzan todo lo que pueden- para recibir a sus colegas estadounidenses, bajan de su vehículo estacionado arbitrariamente en doble fila. La elección para esta misión recayó en ellos no tanto por sus méritos policiacos, que los tienen. Rolando estuvo entre los agentes de la antigua AFI que gallardamente se batieron contra las tres indígenas secuestradoras de Querétaro. El agente Chanchomón, en mayo del 2006, dio muestras de su bravura -hasta un perro pateó- en San Salvador Atenco cuando era miembro de la policía del Estado de México. Pero la verdadera razón por la que fueron elegidos para acompañar en sus pesquisas a los peritos investigadores gringos es porque ambos dominan el idioma inglés, ya que antes de incorporarse a la policía incursionaron en Estados Unidos en calidad de ilegales. Rolando Calilla hizo un curso intensivo de ocho meses en la prisión de Douglas, Arizona, sitio del que salió hablando inglés
bajo caución.

El comandante coteja su reloj -Rolex de oro con incrustaciones de brillantes, regalo de un amable señor apellidado Carrillo-. Pícale Chuby –apura a su acompañante- ya se nos hizo tarde. Corren lo más rápido que su condición física les permite. Digamos que trotan. Digamos que aceleran el paso.

La recepción

Mientras tanto, del avión descienden, con el moderno equipo de ciencia criminalista requerido para sus tareas, los seis enviados estadounidenses que al no ver por ningún lado al supuesto comité de recepción, piensan en tomar un taxi e instalarse en un hotel hasta recibir instrucciones de las autoridades de su país.

“Safe” –dice atropelladamente Chuby Chanchomón- y se barre en primera base –aérea-. Disculpen la tardanza –jadea al hablar Rolando Calilla- somos sus colegas mexicanos, nos retrasamos en cumplimiento de nuestro deber.

El alto mando nos encomendó hacer una redada de prostitutas. Detuvimos a 23 y cómo estará de mal la situación económica en nuestra ciudad que de las 23, siete resultaron señoritas.

Los visitantes se presentan. Un güero, de lentes oscuros es el primero en hacerlo: Soy Horatio Caine de Miami, ella es mi compañera Natalia Boavista.

Los mexicanos dejan a Horatio con la mano extendida ocupados en ver las nalgas de Natalia –Boavista, Boavista, Boavista, piensan los dos recordando el anuncio de un circo-. Enseguida voltean para ver a una mujer de cabello rizado, su acompañante y jefe se identifica: Soy Mac Taylor y ella es Stella Bonasera, de Nueva York. Nosotros venimos de Las Vegas, dice una madura pero hermosa rubia, Catherine Willows es mi nombre. Y yo soy, indica un hombre de raza negra, el doctor Raymond Langston. ¡Qué bueno que eres doctor! Llevo varios días con un ardor de la chingada en la panza –revela Chuby-. ¿A qué crees qué se deba? Interrumpe la conversación, Horatio Caine, para preguntar por Genaro García Luna: Creí que él vendría por nosotros. No -explica Calilla- el jefe no pudo venir porque hoy le toca regaño del Presidente. Además, hubiera sido inútil que viniera, no habla inglés y en español no se le entiende ni madres.

Aprovechando el viaje

La pareja de anfitriones y los visitantes llegan al vehículo que dejaron mal estacionado. Éste está a punto de ser remolcado por una grúa. La oportuna intervención del comandante lo evita: ¿Qué pasó cabrones? –les dice mostrando la charola-entre bomberos no se vale pisarnos la manguera.

Los ocho abordan la camioneta, apenas caben. El equipaje y el instrumental criminalístico lo amarraron con unos mecates en la parte de arriba. Es una Suburban 2006. Está casi nueva, les presume a los forasteros el comandante, antes la usaba Francisco Ramírez Acuña, presidente de la Cámara de Diputados, la cambió por una modelo del año. Así son nuestros legisladores, no cambiarán las leyes, pero qué tal de camionetas –comenta Chanchomón- mientras maneja y de reojo ve la buena pierna de Catherine.
Se me antoja para un acostón –piensa-, se me hace que si afloja, ha de ser putísima, he sabido que de joven en Las Vegas se encueraba por dinero.

El comandante Calilla se acomodó en medio de la segunda fila de asientos –como* Pancho Villa- con Stella y Natalia a la orilla. La Natalia tiene mejores teclas que la Stella –compara mentalmente-, pero la flaca tiene bonitos ojos.

En los asientos de atrás viajan Laurence, Horatio y Mac, en ese orden. Horatio viene encabronado porque quería ventanilla. Hey, hey –exclama el suspicaz Mac-: ¿Adónde nos llevas? Se supone que vamos a Ciudad Juárez y al parecer vamos a El Paso. Voy a cargar gasolina –argumenta el conductor- es que allá es más barata. Y aprovechando la visita, en El Paso –informa Rolando- pueden conocer al alcalde de Juárez que ahí vive.

Los trámites para pasar la frontera son ágiles y sin revisión alguna considerando que en la camioneta viajan seis policías estadounidenses.

Ya en la ciudad texana, la camioneta para en una gasolinera. Los pasajeros no perciben que al bajarse para cargar combustible Chuby Chanchomón extrae de las dos salpicaderas delanteras dos bultos. Son dos kilos de cocaína que entrega al chofer de un auto que está estacionado.

La escena del crimen

Es mediodía, la Suburban circula por el centro de Ciudad Juárez. Horatio se despoja de los anteojos oscuros y pregunta dónde es la escena del crimen. Llevamos 10 minutos recorriéndola –contesta el comandante Calilla-.

¿Cómo? –pregunta Catherine-. Así es mi güera, en todo lo que llevamos recorrido ha habido cuando menos un crimen en las últimas 48 horas. Pero nosotros queremos ir al lugar donde asesinaron a nuestros compatriotas –exige Raymond-. Precisamente aquí fue el asesinato de Lesley y Arturo –dice Chuby- estacionando el vehículo. Los detectives se bajan, desamarran sus implementos de investigación y se disponen a acordonar la escena. ¿Dónde están los casquillos de las balas? –pregunta Stella. Los recogimos y los vendimos como fierro viejo –responde el Comandante- es lo que siempre hacemos. ¿Y el auto donde los mataron? Orita viene, como no le poncharon las llantas se lo presté a mi cuñado para un mandado –dice Chuby- Es más ahí viene. Estaciónate pinche Beto. Ya ni chingas, ¿por qué te tardaste? Oh, es que la morra no quería entrar al motel y me tardé un chingo en convencerla.

Los expertos gabachos van al vehículo del asesinato. Calilla los sigue. Natalia Boavista de su estuche saca y abre un recipiente con polvo blanco. Qué bueno que ustedes traen porque nosotros andamos erizos –dice el Comandante tomando con sus dedos índice y pulgar del polvo que se lleva a la nariz y lo aspira-. ¡Puta madre es puro corte! Al rato les conseguimos de la buena.

Natalia, con una brocha esparce el polvo blanco sobre la portezuela del coche y le avisa a Catherine que ha encontrado una huella. Ésta la coteja de inmediato en su computadora. Ya tenemos un sospechoso –prorrumpe triunfal-, se llama Alberto Cruz y lo buscan en Houston por asalto a mano armado. El cuñado de Chuby dice: Yo soy Alberto Cruz, pero les juro que el asalto fue en defensa propia.

Continuará…

Viene de: http://eleconomista.com.mx/columnas/columna-especial-politica/2010/03/18/csi-juarez-episodio-i

Foto viene de: http://www.borderlandbeat.com/2009_09_01_archive.html

Posted via email from Chocho Post

No hay comentarios.: