En 2006, el presidente de Mozambique, Armando Emilio Guebuza, se acercó a conocer a Pedro Muagura.
Fue hasta su humilde casa y le hizo una pregunta: ¿por qué plantas
árboles? Él pensó durante unos segundos y le contestó: “La mamá cuando
va a dar a luz necesita una sombra con la que resguardarse del sol, el
recién nacido una cuna de madera en la que descansar y en el final, en
la muerte, un ataúd será nuestro último cobijo. Los árboles son la
vida”.
La respuesta que escuchó el mandatario no es de alguien más, es de un hombre que ha plantado casi cien millones de árboles en 12 países distintos del planeta. Su historia es tan inverosímil como para parecer una película. ¿Qué decir de un hombre que adiestró gatos para acabar con las cobras que segaban vidas en un pueblo del norte de su país?
Muagura es un mozambiqueño de origen muy humilde. “Aprendí a amar los árboles porque mi padre no tenía dinero ni para darnos pan. Todo lo que comía me lo daban las plantas”,
explica. Luego, su pasión se tornó con mucho empeño en estudio
universitario y de ahí comenzó su pequeña leyenda. “En el final de mi
tesis universitaria me fui al monte Kilimanjaro, en Tanzania. Entonces
resolví un grave problema de inadaptación de cultivos en sus laderas”.
La solución le hizo tan famoso, que el entonces presidente de Tanzania
le pidió que se quedara trabajando en el país.
Pero el plantador de árboles decidió viajar por el mundo con una sola norma que se impone allí donde va. “En la primera hora que llego a un país tengo que plantar un árbol”.
En el aeropuerto de Helsinki le permitieron hacerlo en la propia
terminal, pero cuando lo intentó en Londres se llevó la hasta ahora
única negativa. “Eran gente rara. Aterricé y le di los buenos días a
tres personas. Dos no me contestaron y otra me preguntó qué quería.
Nada, sólo darle los buenos días, le contesté. Luego hablé con alguien
del recinto y le pregunté dónde podía plantar un árbol. Me dijo que en
ningún sitio, así que decidí sentarme, no hablar con nadie e irme”.
Eran tiempos aquellos en los que Muagura recorría becado el norte de Europa y se quedaba extrañado al ver que en Finlandia crecía la vegetación del hielo: “No lo podía entender”. Sufría en Rusia ataques xenófobos: “Comí en un restaurante donde rompieron los platos en los que yo había comido por ser negro. Planté unos cuantos árboles allí y también me marché”.
Su vida tiene tintes humorísticos, como
cuando en Suecia fue a comprar bananas. “Yo como en Mozambique decenas
de plátanos al día. En Suecia fui a una frutería y vi que troceaban las
bananas en pequeñas porciones. Me extrañó, pero quería comer de nuevo mi
fruta favorita. Pedí sólo una y cuando me dijeron el precio no me lo
podía creer, con ese dinero compraba 100 en mi país. No pude pagarla”.
Por último, en el aeropuerto de Johannesburgo, en el hotel que hay
frente a la terminal internacional, obligó a que regaran las mustias plantas o se negaba a comer. “Ya había pedido y a los empleados no les quedó más remedio que regar el jardín”.
‘Vi una tala ilegal desde el aire y lloré’
Sirvan estos ejemplos para escenificar la
vida de una amante de la naturaleza. En la actualidad, trabaja en el
Parque Nacional de Gorongosa, en Mozambique, repoblando un país en el
que la deforestación por la venta de madera es importante. “En una
ocasión me subieron a un helicóptero sin avisarme de lo que iba a ver.
Desde el aire contemplé un área grande donde hacían tala ilegal y un
incendio. Comencé a llorar». Muagura trabaja con las comunidades más
humildes, enseñándoles a respetar el entorno. “Muchos de los que antes eran mis enemigos son ahora colaboradores que
me ayudan en los viveros. En nada llegaré a la cifra de haber plantado
en mi vida cien millones de árboles, llevo ya 97 millones”.
Además, él fue el artífice de acabar con
un problema de picaduras de cobra en Guro, un poblado de Mozambique. “Me
llamaron y contaron quemorían por sus picaduras cuatro personas cada seis meses.
Pensé y decidí comprar 45 gatos y adiestrarlos”. Los encerró durante un
tiempo y les fue dejando sin comida y acostumbrándolos en sucesivas
pruebas a comer primero cobra a la brasa y luego viva. Los que no
pasaban los exámenes los iba soltando. Al final quedó un ejército de 30
gatos que han provocado que sólo muera por picadura de cobra una persona
cada dos años.
Por último, Muagura, el plantador de
árboles al que la BBC hará en breve un reportaje, deja dos sentencias.
¿Quieres más a las plantas o a los hombres? “Quiero más a las plantas. Nosotros, los humanos, estamos destruyendo la naturaleza por no respetarla”. ¿En qué lugar del mundo plantarías un árbol si te dejaran elegir un único sitio? “En el lugar donde yo nací”.
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